domingo, 19 de diciembre de 2010

In memoriam

Dedicado in memoriam a: Alberto Alonso, Mike Correa, Reginaldo Atanay, Carlos Pizzi, Tirso Valdés, Fabio Valdez, Enriquillo Durán, Luisa Quintero, Antonio Santurio y Sergio Santelices. Entre todos, publicaban un diario todos los días y además les quedaba tiempo para celebrarlo. También todos los días. A todos les pido excusa por lo borroso de sus retratos: el tiempo ha difuminado sus imágenes. No, sin embargo, sus respectivas memorias.
A largos trazos, estas páginas intentan ser el retrato de un hombre alternativamente simple y complicado que, hijo de volador en sueños, aterrizó por casualidad en la redacción de un periódico neoyorquino y se convirtió en reportero.
Trataba las noticias como los verduleros tratan los aguacates: las más frescas las almacenaba y dejaba madurar para el día siguiente. Las maduras las crucificaba con un titular telegráfico (Corta Cara en Corte, es quizá su perla más cultivada) y las publicaba para que no se marchitaran. Al mediodía tenía cerradas las páginas nacionales que circularían durante la próxima madrugada, sin importarle demasiado que se pudrieran por el camino. Los viernes, cerraba la edición nacional del lunes siguiente y comenzaba a beber a media tarde. A las diez de la noche estaba indefectiblemente borracho. Pepe el mensajero era el encargado de ponerlo en un taxi y mandárselo a Lidia, su mujer y a Chichi, su gata. Ellas dos eran todo lo que tenía en el mundo.
Un hombre que se olvidó de su infancia, de su país y de su familia obligado por la amnesia de la inmigración. Un hombre nacido en el jurutungo del campo de Puerto Rico que se abrazó a Nueva York en plena juventud y no la soltó hasta la muerte, temeroso quizá de enfrentarse a su pasado, o a lo mejor contento de haberlo enterrado en la misma fosa en que escondió los primeros años de su vida, su nombre y apellido, su pueblo y su país. Un hombre sin nombre, a caballo entre dos culturas y dos países, que fue violado, vejado y victimizado sin tan siquiera darse realmente cuenta y que, a su manera, supo ser feliz e infeliz, también alternativamente. De gente como él está lleno Nueva York.
De la misma forma que dio, recibió; con la asombrosa tranquilidad de espíritu que le aseguraban sus dos grandes cualidades: su humildad y su sinvergüencería. Ésta última una palabra demasiado larga, pero quizá necesaria a falta de otra mejor. Ser sinvergüenza, puede ser un arte si se es de nacimiento. O si no se sabe ser de otra manera.
Jesús Cordero de Dios, reportero por la gracia de Dios y conocido en la comunidad hispana de Nueva York como Joe Chévere, su nomme de plume mundano, se fue sin dejar deudas, vestido con un traje gris perla y con la banda de Asistente del Gran Mariscal del Desfile Puertorriqueño, que él mismo ayudó a crear, cruzándole el pecho como a un general ruso.
Se fue como él solía hacer todas las cosas, sin ruido, como una ardillita traviesa y desdentada que siempre se salía con la suya. Con el sarcasmo retratado en su sonrisa de James Cagney borincano.
Esta es, "sin prosopopeya ni ambages", como diría el tío Joseba, (otra víctima colateral de esta novela) parte de su complicada y simple historia. La de él y la de otros latinos que, como él, renunciaron a todo para hacer de Nueva York su hogar único y verdadero y de El Heraldo su periódico más entrañable. En todos ellos, reales o inventados, se han inspirado estas líneas, como digo, no tan ficticias.
Aquí recogemos sus peripecias en la ciudad en la que el inimitable Joe Chévere vivió, amó y odió y en la que murió, fue amado y odiado durante la mayor parte de su vida, subrayando lo que otros quizá hubieran pasado por alto. O haciendo hincapié en las zancadillas de una memoria de la que se escapan gritos e imprecaciones sobre el murmullo implacable de los teletipos y el martilleo constante de las máquinas de escribir. También me veo yo muy joven, frente a una Smith Corona destartalada y vieja, escribiendo historias como el que toca jazz en un piano: mezclando notas asonantes y disonantes con improvisaciones más o menos conseguidas.
Es también la historia de otra gente y de otras situaciones que de una forma u otra, compartieron noticias, (la mayoría viejas, amañadas y manidas) desgracias, espacios o emociones, y el mismo ronroneo de los teletipos, mezclado con el tecleo (a veces inaguantable) o todo a la misma vez, con el hijo de Pellín Cordero y Ana María de Dios. Son algunas expresiones desgarradas, como en el teatro kabuki, que han logrado sobrevivir al tiempo y se quedaron grabadas en mi cerebro. Es, sobre todo, un álbum de fotografías, muy personal. Unas páginas amarillas del pasado.
En estas que aquí relatamos y en otras muchas aventuras "comerciales-religiosas" o "anarco-oportunistas", como él solía definirlas burlón y sarcástico, se vio envuelto Jesús Cordero de Dios, alias Joe Chévere. Primero, a lo largo de su corta pero beata y santa infancia en la Isla de Puerto Rico. Segundo como Joe Chévere, reportero de El Heraldo de Nueva York y uno de los miembros "más destacados" de la comunidad latina de aquellos años locos por los que yo me paseé en mi bendita juventud. En ninguna ocasión logró escaparse de las cosas de la religión y los santos, inspirado, quizá, por su infancia en el convento y por la sombra de su propio nombre, que muy a pesar suyo lo siguió pisándole los pies, hasta que le llegara la muerte en la habitación 555 ("juégatelo a la bolita, Tabby, que esa va a ser mi herencia") del Hospital Presbiteriano de Nueva York.
Todo esto sucedió mucho antes de que los coreanos se apoderaran de todas las tiendas de vegetales de la ciudad, así que nadie se dé por aludido. Mucho antes de que el Cartel de Cali mandara a matar a Manuel de Dios o Peter Davidson convirtiera a El Heraldo en un National Enquirer en español. Antes de que empezaran a llegar los gusanos de Fidel o los dominicanos del Generalísimo. Antes de que el son se aliara con el jazz y pariera la salsa. Mucho antes de Bob Dylan. Barack Obama ya planificaba nacer en Hawaii y las Ninja Turtles todavía no se habían apoderado de las alcantarillas de Nueva York. De hecho, y para los amantes de la historia de los hispanos en los Estados Unidos, sería conveniente aclarar que sucedió el mismísimo año en que cortaron a Elena y se la llevaron al hospital....Fue precisamente entonces cuando se armó el titingó de los Latinos en la capital del mundo: Nuyol.

No hay comentarios: